«Una comunidad cristiana auténtica vive en constante relación con el resto de los hombres, con los que comparte totalmente sus necesidades y afronta sus problemas. Por la profunda experiencia fraternal que en ella se desarrolla, la comunidad cristiana no puede dejar de tener una idea y un método propios para afrontar los problemas comunes, tanto prácticos como teóricos, y ofrecerlos como colaboración específica al resto de la sociedad en la que se halla»
Benedicto XVI
La crisis es un hecho
La crisis está cambiando las condiciones de vida de millones de personas: aumenta el paro, aumentan los pobres, cada vez cierran más empresas, se cuestiona el estado del bienestar y corremos el riesgo de quedarnos al margen del desarrollo mundial, rebajados a país de segunda división.
La crisis está provocando diferentes reacciones, que se pueden resumir en dos:
defenderse de la crisis echando la culpa a alguien, que seguramente existe y tiene más responsabilidad que los demás. Pero así no se produce ningún cambio, simplemente aumenta la queja y se acaba en la desesperación.
comportarse como si no pasara nada, pretendiendo hacer borrón y cuenta nueva, sin ningún tipo de autocrítica, sin medirse con la realidad.
La realidad es positiva porque pone en marcha a la persona
Pensar que basta con ir contra alguien para vencer la crisis no es racional. Todavía peor es cerrar los ojos ante la realidad. Es lo contrario a nuestra tradición cristiana, que reconoce la realidad como algo en última instancia positivo, incluso cuando ésta muestra un rostro negativo y contradictorio. La realidad es positiva porque nos pone continuamente en marcha, suscita interrogantes y nos provoca a tomar postura ante lo que sucede.
Cada generación tiene que tomar su iniciativa, tal y como nos lo recuerda Benedicto XVI: «un progreso acumulativo sólo es posible en lo material. En cambio, en el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral no existe una posibilidad similar de incremento por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. Nunca están tomadas de antemano por otros en lugar nuestro. En ese caso, efectivamente, ya no seríamos libres. La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio» (Spe salvi, 24).
Es una invitación a afrontar personalmente la crisis como una oportunidad, por paradójico que resulte. La crisis, en efecto, nos obliga a caer en la cuenta del valor de ciertas cosas, como la familia, la educación o el trabajo.
Entonces, ¿cómo poner de nuevo en juego nuestra libertad? ¿Por dónde empezar?
En primer lugar, tenemos que ser leales y admitir que ya no nos sirven las ideologías; que el estatalismo nos hunde en las deudas; que el sistema financiero no es lo que salva al hombre.
En segundo lugar, necesitamos identificar, en la situación actual, personas que afrontan la crisis como una oportunidad, generando esperanza.
Algunos ejemplos
En medio de una de las crisis más graves de nuestra historia, existen personas que se han puesto en marcha sin esperar a que otros –siempre otros– resuelvan los problemas. Ya que no se puede cambiar todo de un plumazo, han empezado a cambiar ellos.
- En esta época de penuria hay gente que recoge alimentos para entregarlos a familias que ya no llegan a final de mes. O crea espacios para acoger a inmigrantes. Y se convierte así en factor de cohesión en nuestros pueblos y ciudades, con un “calor humano” que devuelve la esperanza a los más necesitados.
- Muchas familias, ante las dificultades económicas, descubren el valor de hacer sacrificios y asumen un régimen de vida más sobrio. Incluso en un tiempo en el que se defiende a ultranza el propio bienestar, hay familias que adoptan a niños con graves deficiencias. O acogen a jóvenes problemáticos que nadie quiere, generando el milagro impensable de un afecto a la vida que hace menos violenta nuestra sociedad.
- En este momento en el que se destruye empleo, hay trabajadores que se sienten protagonistas de su trabajo y deciden bajarse el sueldo para que su empresa siga adelante y nadie quede fuera. O empresarios que asumen nuevos riesgos a favor de sus trabajadores y de nuevos empleos. Y cuando muchas familias se desesperan por la educación de sus hijos, hay padres que arriesgan tiempo y dinero para empezar la aventura de crear un colegio, abriendo un espacio “amable” dentro del barrio.
- En un panorama juvenil a menudo desolador, hay muchos jóvenes que no se contentan con un futuro mediocre que les aboca al paro: muchos estudiantes se entregan con seriedad al estudio y no se contentan con tener un título al final de su carrera, sino que aprenden idiomas y están dispuestos a irse a estudiar o a hacer prácticas al extranjero; y así encuentran buenos puestos en empresas o universidades extranjeras.
- Ante la violencia y el terrorismo presente en nuestra sociedad, hay personas que desde el principio han sabido distinguir entre el bien y el mal y han apostado por la reconciliación y el perdón dentro del respeto a la ley y a la justicia.
Los factores de un cambio posible
¿Qué es lo que une a todas estas iniciativas? El convencimiento de que la realidad, incluso cuando aparece negativa y difícil , provoca de nuevo el deseo de conocer, construir y comprometerse.
El camino para no soportar resignadamente la crisis, sino para afrontarla eficazmente, pasa por vivir la realidad como una provocación que despierta nuestro deseo y nuestra capacidad de dejarnos interrogar por todo. Empezando por el problema de la falta de trabajo de tantas personas y siguiendo por la desesperación en la que caen muchas familias ante un futuro incierto.
La esperanza renace formando parte de un pueblo
Las iniciativas y el deseo de construir sólo se pueden sostener si la persona no queda aislada, si forma parte de un pueblo. Una realidad de pueblo se da sólo cuando la gente se junta por algo sustancial, en lugar de por un beneficio provisional. No en contra de un enemigo, sino por un bien deseado y perseguido, que hace descubrir que el trabajo de cada uno es un bien para todos.
En 1905 el poeta Joan Maragall, amigo personal de Gaudí, se lamentaba de que las obras del templo de la Sagrada Familia, obra ideal para toda una sociedad, se tuvieran que interrumpir por falta de fondos. Decía entonces: “un pueblo en sangrienta anarquía, un pueblo en la miseria es todavía un pueblo y tiene derecho a toda esperanza; pero un pueblo sin idealidad no es nada ni tiene derecho a nada”.
Por tanto, la destrucción de un pueblo –con toda su riqueza expresiva y asociativa– y de su ideal es la antesala de la supresión del deseo de algo grande: de hecho si los jóvenes no encuentran una experiencia humana diferente, un ideal por el que dar la vida, ¿cómo pueden percibir que el mundo puede cambiar? ¿Cómo pueden sustraerse al escepticismo?
La tarea de la política
Ante el parlamento alemán, Benedicto XVI ha señalado lo que es importante para un político: “un corazón dócil”, que sepa “hacer justicia al pueblo” y “distinguir el bien del mal”. De este modo muestra el camino para que políticos de diferentes ideologías colaboren por el bien común en momentos tan difíciles como los actuales. No es admisible que, en tiempos de crisis, cada cual defienda a ultranza su parcela sin mirar al bien común, que exige sacrificios por parte de todos.
Precisamente por ello, no podemos exigir que el gobierno o los políticos nos saquen de la crisis, mientras nosotros nos cruzamos de brazos. La sociedad civil debe recuperar el protagonismo para responder con obras a las necesidades que tiene delante. La confianza que un país ofrece al exterior no sólo viene dada por “cumplir los deberes”, sino por la confianza que deposita en su sociedad.
Una sociedad con casi cinco millones de parados no se podría sostener sin la familia, que sigue siendo la institución más valorada por los españoles. La legislación debe, por tanto, apoyarla como fuente de cohesión social. Es el momento, además, de favorecer una libertad real de educar como instrumento decisivo para salir de una crisis que es “de significado y de valores antes que económica y social”. Y, por supuesto, una buena política debe alimentar la libre iniciativa creadora de empleo, así como la solidaridad entre las distintas comunidades autónomas.
La libertad religiosa, con su esencial dimensión pública y su capacidad de educar y generar obras, debe ser siempre defendida como fundamento de una sociedad democrática. La labor de la Iglesia es decisiva y más aún en este tiempo de crisis. Y no sólo por su capacidad de salir al encuentro de los que no tienen recursos. Su presencia continua y paciente, a través de obras y personas, es motivo de esperanza, pues afirma el valor infinito de cada hombre. Sólo la auténtica religiosidad –no conformarse con nada que no responda al deseo infinito del corazón– hace a la persona libre del poder en todas sus expresiones y le devuelve el protagonismo para construir junto a otros.
Ésta es la contribución de los católicos a la vida social y política de nuestro país. Este tiempo de crisis se presenta como una oportunidad para volver a construir juntos la ciudad común.
Conclusión
Nuestra respuesta cristiana ante la crisis pasa por tener comportamientos justos como:
- Pagar bien a quien hemos contratado para trabajar en nuestra casa
- Dar de alta a esa persona en la Seguridad Social si es posible
- No escamotear impuestos, el IVA, …
Pasa por favorecer el tejido social y la iniciativa:
- Participar en asociaciones de padres, de barrio, culturales, …
- Autoempleo
Pasa por compartir nuestro tiempo y dinero
- Donativos a Cáritas u otras organizaciones que ayudan a los más necesitados
- Ofrecimiento en voluntariados
- Ofrecer trabajo (obras en casa, servicio doméstico)
Animar y apoyar a los jóvenes en su creatividad:
- Crear pequeñas empresas
- Disposición a trabajar en el extranjero
| Preguntas para la reflexión personal y compartir en el grupo: |
- Qué dos convicciones destacarías en el texto.
- Una acción concreta y personal.
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